REusa, REduce, REcicla

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Lo que más nos gusta de nuestro proyecto EcoCasa Suyana, es que cada día aprendemos e innovamos.
Por suerte, conseguimos un arquitecto que tiene la misma pasión que nosotros por la ecología y la innovación.
Ya que tuvimos que transformar un poco el terreno para que sea habitable, tenemos que armar un muro de contención en la zona de estacionamiento.
Ese muro de contención iba a ser de cemento, pero después de haber visto la película Garbage Warrior – que nos paso nuestro arquitecto! – todo cambió.
Alguno la vió?
Alguno ha oído hablar de Michael Reynolds y de sus NaveTierras (o Earthship)?
Seguramente si.

Después de haber visto un documental sobre este arquitecto Estadounidense y sobre sus técnicas de bioconstruccion con material reciclado, nuestro proyecto evoluciono – una vez mas!

Al día siguiente, fuimos a ver a Gaston, nuestro arquitecto, y le preguntamos, con entusiasmo y un poco de ansiedad : crees que podemos construir el muro de contención con cubiertas en vez de cemento?
Y su respuesta generó tanta alegría, entusiasmo y encendió esa chispa de pasión por la innovación: “Claro! Por eso les di la película.”

Así fue como nos lanzamos en un desafío más : auto-construir un muro de contención con cubiertas (cauchos o neumáticos) rellenos de tierra.

Salimos con mucha energía de esa reunión. Qué mejor que soñar despierto, y estar acompañado por personas apasionadas, curiosas y ambiciosas?

No hay nada como trabajar con tanto placer en un proyecto tan interesante y captivante.

Cubiertas inservibles de autos constituyen el fundamento de las viviendas tipo Earthship.

Paredes estructurales resueltas con neumáticos compactados de arena, hacen de este sistema constructivo una fórmula ideal para conseguir que estas viviendas estén al alcance de todos, tanto por su economía, conseguida gracias a su simplicidad en la técnica, como por su ejecución, realizada gracias al intercambio de conocimientos entre los practicantes de estos sistemas.
En nuestro caso, empezaremos experimentando esta técnica solo para un muro exterior de contención.

Las construcciones ecológicas son una manera de darnos cuenta que casi todo lo que tenemos a mano es reutilizable, y que muchas de las cosas que creíamos desechos pueden tener otro fin.

Las ventajas de utilizar cubiertas usadas son:
– Reutilizar material “inservible”, que sino se quemaría en basurales
– La resistencia de la pared
– Evitar uso de cemento
– Ahorro económico

Fuimos a buscar estas cubiertas en gomerías y basurales, y les dimos una segunda vida.
Las empezamos a llenar con tierra apisonada con masas (en realidad a las masas de 5 kg se les llama “marrones”) y a formar hilas creando nuestro muro.

De esta manera seguimos la regla de las 3R:
– REDUCIMOS basura y uso de nuevos materiales (cemento)
– REUTILIZAMOS cubiertas usadas
– RECICLAMOS

Quieren ver el resultado final? Los invitamos a venir a darnos una mano o a participar a los talleres de Bioconstrucción de la primer EcoCasa Suyana.

 

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Atascados en la aventura: entre barro, lágrimas y solidaridad

Ya hemos sobrevivido caminos de tierra con piedras, lodo, ríos y arena. En las partes difíciles, Cristian se baja a considerar por donde pasar, mientras yo sudo la gota gorda y hasta empiezo a rezarle a la suerte. Metemos la 4×4, y decididos (yo no tanto) decimos “Vamos!”. Cristian acelera, embriaga y pasa cambios y volantea con destreza, mientras yo voy asistiéndolo de copilota.

Pero nunca nos tocó un camino tan difícil como el que separa Villa Serrano de La Higuera. Ese día ya empezó con aventura, mientras filmábamos con diversión la espesa niebla que nos dejaba ciegos a más de 3 metros a nuestro rededor.

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La lluvia tropical vino a reemplazar la niebla, y durante horas se alternaron chaparrones con llovizna. Todo venía bien, hasta que Cristian pronunció las palabras “pensaba que la ruta iba a estar peor”. A los pocos metros, divisamos dos buses frenados.

El agua había bajado por la montaña trayendo lodo y piedras, y se había creado un río que cerraba la ruta. Nos sorprendió ver a la gente salir de los buses bajo la intensa lluvia, incluyendo los propios pasajeros, para intentar generar un camino para cruzar con sus palas. Yo no podía creer ese impulso de solidaridad, y es una situación que jamás se hubiera visto en Europa (pagar por un transporte y tener que bajar a desatascarlo con sus propias manos).

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Mientras Cristian inspeccionaba el terreno con los hombres, yo me quedé hablando con Iván, un niño que acompañaba a uno de los conductores de bus. A pesar de ser su primer día de trabajo y de tener sólo 12 años, el pequeño sabio previó que el bus llegaría a Santa Cruz al día siguiente y no esa misma tarde. Iván es de una familia de 8 hermanos, donde sólo 4 tendrán la suerte de poder estudiar. “Hay que trabajar para comer, como dice mi papá”, declara el niño. Como él ya terminó la primaria, éste año le toca trabajar acompañando a su cuñado chofer entre Villa Serrano y Santa Cruz, por la modesta suma de 200 bolivianos por mes (como referencia, para comer en los mercados más baratos se necesitan mínimo 12 bolivianos)…

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Luego de 1 hora de trabajo de equipo, pasaron los buses y logramos cruzar. Nuestra felicidad duró poco, porque a la vuelta había otro río y uno de los choferes anunciaba que quedaban otros 3 cruces peligrosos. Mujeres y niños bajaron de los buses y comenzaron a caminar bajo la llovizna, en el barro, mientras todos los hombres colaboraban intentando arreglar el camino para que los buses cruzaran este nuevo desafío sin caerse al barranco.

La situación ya era digna de una película de Almodovar cuando “La Ingeniera Civil” nos frenó haciendo auto-stop y nos pidió que la llevemos un par de kilómetros.

Ante un nuevo obstáculo, recibimos la noticia de que “las maquinas” estaban llegando, según la ingeniera. Yo me angustié un poco más cuando la escuché gritar por teléfono “Por qué no me avisaron que la ruta estaba tan mala?! No me dijeron que estaba la plataforma húmeda!”. Parece que esto venía para largo…

Luego de unos pocos kilómetros, vimos a las famosas maquinas y dejamos a la ingeniera.

Pasamos el pequeño poblado de El Oro, desde donde salieron las maquinas y donde se frenaron otras dos camionetas que venían delante nuestro. A partir de este momento continuamos la aventura nosotros solos. Ya no habían huellas de autos que habían circulado antes, todo estaba borrado por la lluvia y el barro: nosotros abríamos camino. Cada 300 metros frenábamos, y se reproducía el mismo escenario: Cristian bajaba a examinar por donde cruzar y luego se las ingeniaba para transitar con nuestra pequeña Rodamundo.

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Sabíamos que quedaban muy pocos kilómetros hasta cruzar el puente del Río Grande. Pero de repente, otro gran obstáculo apareció: misma situación, pero ésta vez se ve más difícil. Antes de la montaña de barro y piedra, hay un gran charco de lodo que dificulta aún más el paso. Decidimos tomar el riesgo e intentar cruzar por una de las partes más altas teniendo la esperanza de que como la camioneta es ligera pudiera traccionar sobre la pequeña superficie más estable de la montaña de piedras, como había sucedido en la anterior ocasión. Tomamos impulso, cruzamos el charco de lodo, y con velocidad suficiente llegamos a la montaña, y la camioneta desgraciadamente lejos de treparla, se hundió en ella. Nos atascamos! Intentamos retroceder, pero no había manera de sacarla. “La vamos a sacar” dijo Cristian decidido, “de aquí no salimos más, esperemos las maquinas” dije yo simultáneamente.

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Me bajé y me senté pacientemente sobre una roca, mientras Cristian, terco, optimista e hiperactivo, comenzó a cavar con sus propias manos entre lodo y piedras. Ingenió un sistema donde puso las alfombras del auto bajo las ruedas traseras, después de remover enormes cantidades de barro. Esperanzado y obstinado, fue moviendo la camioneta en marcha atrás centímetro a centímetro. Para mi gran sorpresa, orgullo (y casi vergüenza por no haber confiado) logró sacar la camioneta!!! Salté a abrazarlo, besarlo y halagarlo. Le preparé un mate de recompensa, porque igual no podíamos cruzar esa zona.

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Llegó otra camioneta que nos dijo que venían siguiendo nuestra huella y nos informó que las maquinas venían atrás. Para ese entonces ya eran las 6 de la tarde, cuando habíamos salido a las 10 de la mañana y recorrido 60 km…

Teníamos la esperanza de que las maquinas abrieran camino y pudiéramos llegar antes del anochecer a destino (y quien sabe, cenar un pollo “broaster”!). Pero la aventura no se terminaba acá.

Al cabo de una hora, después de unos mates y una terapia de lodo para Cris y la Pequeña Rodamundo, grité con felicidad “Allí vienen las maquinas!”. Comenzaron a abrir camino, pero sólo 5 km más ya que luego de cruzar el puente del río Grande, pasábamos a otra provincia a la cual no pertenecían las maquinas.

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Al cruzar dicho puente, nuevos desafíos nos esperaban; desde lo lejos ya podíamos divisar varias quebradas con deslaves de lodo y piedra negra.

Al cabo de dos kilómetros vimos un montón de gente caminando y esta situación ya nos era familiar. Eran los pasajeros de los buses viniendo en la dirección contraria que se habían bajado mientras los choferes intentaban atravesar las zonas complicadas. Nos avisaron que uno de los buses se había quedado atascado impidiendo nuestro paso hacia arriba, y que las maquinas de aquella provincia no tenían luz para trabajar durante la noche. Pareciera una canción se Juan Luis Guerra: No me digas que las maquinas se fueron, Ohhh, No me digas que no tienen iluminación, Ohhh, No me digas que la montaña se vino abajo, Ohhh, No me digas que nos quedamos sin comida…

Aceptando la situación, intentamos calmarnos: pasaríamos la noche allí, al igual que los pasajeros de los buses y las demás camionetas. Nos fijamos en nuestras reservas de comida (que se fueron vaciando por falta de supermercados con productos industriales en Bolivia) y con una lata de arvejas y unos tomates improvisamos una ensalada para la cena. Y como todo es relativo, yo no paraba de pensar en la suerte que teníamos en comparación con la gente (incluyendo ancianos y niños) esperando afuera de los buses, sin comida, a la intemperie, y sin lugar donde dormir.

Al cabo de unas horas y tras incalculables intentos fallidos, el bus atascado logró moverse un par de centímetros liberando una parte del camino. Se acercaron tres conductores de otras camionetas convencidos en que era el espacio suficiente para que pasaran las mismas sin caerse al barranco. Querían que pasemos primero, pero Cristian les replicó humildemente que sean ellos los primeros. Al verlos pasar con margen, nos animamos a seguirlos. Así fue como continuamos cuesta arriba hacia la Higuera, a eso de las 10 de la noche.

El camino se lo sentía más firme, pero la visibilidad por la noche era reducida. “Esto no podría ser peor” pensaba, cuando de repente empezó una lluvia torrencial. “Esto es una pesadilla! Que más nos puede pasar?!” me quejé frente a la adversidad de las condiciones. Sabíamos que detrás nuestro no venía más nadie, y que las camionetas adelante seguirían por otra ruta mientras nosotros nos desviaríamos hacia la Higuera. Tomamos la difícil decisión de seguir camino hacia allá solos porque Cristian sabía que era turístico, seguro, y que habían hospedajes.

Pero sí, se podía poner peor. Las nubes bajas de la lluvia y nuestro continuo ascenso por la montaña hizo que pronto nos encontráramos inmersos dentro de la nube, con visibilidad nula y camino resbaladizo. Un cóctel explosivamente malo para manejar. Así siguió nuestra aventura, sumando mis nervios, pero al fin llegamos! Era plena media noche y el pueblo estaba apagado. Tan sólo iluminados por los relampagos a la distancia, bajo la lluvia torrencial, inclinamos nuestros asientos, nos dimos un beso de buenas noches, y dormimos por primera vez en nuestra pequeña Rodamundo.

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