Bolivia y costumbres

Antes de ir a Bolivia, tenía muchos preconceptos por relatos de Cristian, comentarios de otros viajeros, o simplemente historias contadas en libros o en los medios.

Hoy me di cuenta que efectivamente el ser humano se acostumbra a todo.

A penas cruzamos la frontera, muchas cosas me sorprendieron y necesité varias horas para digerirlas. La verdad es que al llegar a Villazón, entré sorprendentemente en un cierto estado de shock. Si bien el Norte Argentino tiene muchas similitudes con Bolivia, esa tarde me agarró mucho cansancio y no quise salir del cuarto del hotel.

Ahora (en el momento que escribií esta nota), ya llevamos más de dos semanas en Bolivia y me siento un poco como en casa.

Ya es parte de nuestra rutina diaria ir a almorzar a las 12 (puntuales!) al mercado central, o a alguna “pensión” con “almuerzo familiar”, mientras que en nuestro segundo día aquí mirábamos con desconfianza las ollas de las “cholitas” en el mercado de Tupiza.

Ya no me sorprende ver a la gente comiendo carne con arroz o sopas abundantes temprano en la mañana, y que en la noche casi no se cena (a lo sumo un pollo “broaster”).

Ahora entendí que las “salteñas” o “tucumanas” (empanadas que en Argentina se comen como entrada o comida ligera), aquí solo se comen a la media mañana: “Sólo se sirven a las 10 mamita”.

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Me acostumbré al acento de la gente, a su gesto de la mano que pensábamos significaba “mas o menos” y que en realidad significa “no”.

Me acostumbré a que aquí todo se cobra y también casi todo es “a criterio”, pero también que la gente es muy generosa, a siempre preguntar por los precios, a saber cuando negociar, a nunca recibir una factura o un ticket (y a nunca poder pagar por tarjeta!).

Ya no me sorprende que todas las personas, independientemente de su clase social, consumen de todo a toda hora, alimentando la enorme economía paralela Boliviana.

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Ya me acostumbré a las elegantes vestimentas de las “cholitas”, con “polleras” con lentejuelas, blusas bordadas, “bombin” (sombrero) y dos largas trenzas impecables y adornadas.

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Me acostumbré a las duchas eléctricas que con suerte dan un chorrito de agua tibia y a que las rutas asfaltadas son un lujo.

Sí, el humano se acostumbra a todo, y éste país me está encantando. No veo la hora de seguir viaje y continuar descubriéndolo.

Pero tristemente para nuestro continente, todavía quedan muchas cosas para cambiar y así como nos acostumbramos a cosas que tomamos casi como folclóricas de diferentes culturas, no podemos acostumbrarnos jamás a ver a niños trabajando. Niñas vendiendo frutas en la calle, lavando platos en los mercados, o lavando ropa en un patio. Niños arreando ganado, cargando tejas o ladrillos, arando la tierra, preparando cemento con una pala más grande que ellos, llevando carretillas más pesadas que ellos mismos…

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Tantas situaciones que la verdad son dolorosas…

Viajar también nos hace descubrir cada día como todo es relativo, y que el mundo todavía está lleno de injusticias a las cuales no debemos acostumbrarnos.

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